martes, 10 de abril de 2012

Horacio Quiroga, "Una estación de amor", en Cuentos de amor de locura y de muerte (1917)

Fotografía de Rui Cardoso.




Primavera

Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al
oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas, miró al
carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto la tarde
anterior, preguntó a sus compañeros:
--¿Quién es? No parece fea.
--¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor
Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece...
Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era
una chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero
completamente núbil. Tenía, bajo el cabello muy oscuro, un rostro de
suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio
exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiéndose
hacia las sienes en el cerco de sus negras pestañas. Acaso un poco
separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o
de gran terquedad. Pero sus ojos, así, llenaban aquel semblante en
flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel detenidos un
momento en los suyos, quedó deslumbrado.
--¡Qué encanto!--murmuró, quedando inmóvil con una rodilla sobre al
almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban hacia
la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente
colgante de cintas, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al
galante muchacho.
Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cochero y aún
carruaje: sobre el hombro, la cabeza, látigo, guardabarros, las
serpentinas llovían sin cesar. Tanto fue, que las dos personas
sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron
atentamente al derrochador.
--¿Quiénes son?--preguntó Nébel en voz baja.
--El doctor Arrizabalaga; cierto que no lo conoces. La otra es la
madre de tu chica... Es cuñada del doctor.
Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran
francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el
deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial
condescendencia.
Este fué el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel
aportó cuanto de adoración cabía en su apasionada adolescencia.
Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas
increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan
bien, que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.
Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se
reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de
hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían,
volviéndose a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel.
Este echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías; mas sobre
el almohadón del surrey quedaban aún uno, un pobre ramo de
siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él por sobre la
rueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y corriendo a la
victoria, jadeante, empapado en sudor y el entusiasmo a flor de ojos,
tendió el ramo a la joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero no
lo tenía. Sus acompañantes se rían.
--¡Pero loca!--le dijo la madre, señalándole el pecho--¡ahí tienes
uno!
El carruaje arrancaba al trote. Nébel, que había descendido del
estribo, afligido, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía,
con el cuerpo casi fuera del coche.
Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su
bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su
conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía
quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno
sosiego de alma, si no de cuerpo; y he ahí que desde el segundo día
perdía toda su serenidad. Pero en cambio ¡qué encanto!
--¡Qué encanto!--se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y
carne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía
real y profundamente deslumbrado--y enamorado, desde luego.
¡Y si ella lo quisiera!... ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo,
confiaba mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación
aturdida con que la joven había buscado algo para darle. Evocaba
claramente el brillo de sus ojos cuando lo vio llegar corriendo, la
inquieta expectativa con que lo esperó, y--en otro orden, la morbidez
del joven pecho, al tenderle el ramo.
¡Y ahora, concluido! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué
le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre?
Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.
Hicieron efectivamente el viaje juntos, y durante él, Nébel llegó al
más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de
18 años, que se siente querido. La madre acogió el casi infantil
idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando
poco, sonriendo sin cesar, y mirándose infinitamente.
La despedida fue breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio
de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.
Volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él?
"¡Oh, no volver yo!" Y mientras Nébel se alejaba, tardo, por el
muelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda, la
cabeza un poco baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada
los marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio--y al
vestido, corto aún, de la tiernísima novia.

Verano

El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el primer
momento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse poco ni
mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relámpago de
pasión, y apenas si en el agua dormida de su alma, el último
resplandor alcanzaba a rizar su amor propio. Sentía, sí, curiosidad de
verla. Pero un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastró de
nuevo. El primer domingo, Nébel, como todo buen chico de pueblo,
esperó en la esquina la salida de misa. Al fin, las últimas acaso,
erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la
fila de muchachos.
Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorber
en toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansia
casi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbito
resplandor de dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo.
Pero pasó, con su mirada fría fija adelante.
--Parece que no se acuerda más de ti--le dijo un amigo, que a su lado
había seguido el incidente.
--¡No mucho!--se sonrió él.--Y es lástima, porque la chica me gustaba
en realidad.
Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia. ¡Y ahora que
había vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la había querido siempre, él que
creía no acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum!--repetía sin darse
cuenta, con la costumbre del chico.--¡Pum! ¡Todo concluido!
De golpe: ¿Y si no me hubiera visto?... ¡Claro! ¡Pero claro! Su rostro
se animó de nuevo, acogiéndose con plena convicción a una probabilidad
como esa, profundamente razonable.
A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era
elemental: consultaría con cualquier mísero pretexto al abogado, y
entretanto acaso la viera. Una súbita carrera por el patio respondió
al timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerse
violentamente a la puerta vidriera. Vio a Nébel, lanzó una
exclamación, y ocultando con sus brazos la liviandad doméstica de su
ropa, huyó más velozmente aún.
Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a su
antiguo conocido con más viva complacencia que cuatro meses atrás.
Nébel no cabía en sí de gozo, y como la señora no parecía inquietarse
por las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste prefirió también un
millón de veces tal presencia a la del abogado.
Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente
y, como tenía 18 años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y
sin cortedad, su inmensa dicha.
--¡Tan pronto, ya!--le dijo la señora.--Espero que tendremos el gusto
de verlo otra vez... ¿No es verdad?
--¡Oh, sí, señora!
--En casa todos tendríamos mucho placer... ¡supongo que todos! ¿Quiere
que consultemos?--se sonrió con maternal burla.
--¡Oh, con toda el alma!--repuso Nébel.
--¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces.
Nébel había sido visto ya por ella; pero no importaba.
Lidia llegó cuando él estaba de pie. Avanzó a su encuentro, los ojos
centelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, con
adorable torpeza.
--Si a usted no le molesta--prosiguió la madre--podría venir todos los
lunes... ¿qué le parece?
--¡Que es muy poco, señora!--repuso el muchacho--Los viernes
también... ¿me permite?
La señora se echó a reír.
--¡Qué apurado! Yo no sé... veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?
La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡sí!
en pleno rostro, puesto que a él debía su respuesta.
--Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel.
Nébel objetó:
--¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario...
--¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.
Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo, y
huyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el alma
proyectada al último cielo de la felicidad.

II

Durante dos meses, todos los momentos en que se veían, todas las horas
que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta
sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa
que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus
ojos azules y su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de
ideal. Para ella, Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había
en su mutuo amor más nube para el porvenir que la minoría de edad de
Nébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y
superfluidades por el estilo, quería casarse. Como probado, no había
sino dos cosas: que a él le era _absolutamente_ imposible vivir sin su
Lidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello.
Presentía--o más bien dicho, sentía--que iba a escollar rudamente.
Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que
perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con
terrible vigor. A fines de Agosto, habló un día definitivamente a
su hijo:
--Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es
cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.
Nébel vio toda la tormenta en esa forma de _dignidad_, y la voz le
tembló un poco.
--Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable de
eso.
--¡Bah! cómo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo...
Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?
--Sí.
--¿Y te reciben formalmente?
--C-creo que sí.
El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.
--¡Está bueno! ¡Muy bien!... Óyeme, porque tengo el deber de mostrarte
el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que
puede pasar?
--¿Pasar?... ¿qué?
--Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para
reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a
alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?
--¡Papá!
--¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! no pongas esa cara... No me refiero a tu...
novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero
sabes de qué viven?
--¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre...
--¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sino
como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te
indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte,
qué clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su
cuñado, pregunta!
--¡Sí! Ya sé que ha sido...
--Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro
sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco!
--¡...!
--¡Sí, ya sé, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay
impulso más bello que el tuyo... Pero anda con cuidado, porque puedes
llegar tarde!... ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a
tu novia, y creo, como te he dicho, que no está contaminada aún por la
podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en
matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera,
dile que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos, y que antes
se lo llevará el diablo que consentir en eso. Nada más te
quería decir.
El muchacho quería mucho a su padre a pesar del carácter duro de éste;
salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto más
violenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que no
ignoraba esto: la madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga en
vida de su marido, y aún cuatro o cinco años después. Se veían aún de
tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en sus
artritis de enfermizo solterón, distaba mucho de ser respecto de su
cuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de madre e hija, lo
hacía por una especie de compasión de ex amante, rayana en vil
egoísmo, y sobre todo para autorizar los chismes actuales que
hinchaban su vanidad.
Nébel evocaba a la madre; y con un estremecimiento de muchacho loco
por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos
y reclinados una Illustration, había creído sentir sobre sus nervios
súbitamente tensos, un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo
pleno que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto la
mirada de ella, en lánguida imprecisión de mareo, posarse pesadamente
sobre la suya.
¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con rara
manifestación desbordante; los nervios desordenados repiqueteaban
hacia adentro, y de aquí la súbita tenacidad en un disparate, el
brusco abandono de una convicción; y en los prodromos de las crisis,
la obstinación creciente, convulsiva, edificándose a grandes bloques
de absurdos. Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y por
elegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muy
gruesos y encendidos, que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, los
ojos lo parecían por un poco hundidos y tener pestañas muy largas;
pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vestía, como la
hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayor
seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora
la histeria había trabajado mucho su cuerpo--siendo, desde luego,
enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos
se empañaban, y de la comisura de los labios, del párpado globoso,
pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma
histeria que le deshacía los nervios era el alimento, un poco mágico,
que sostenía su tonicidad.
Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las histéricas
burguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz--esto es,
para proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.
Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo
en lo más hondo de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia?
Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que
surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya no
prueba de pureza, sino de escalón de noble gozo por el que Nébel
ascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida la
flor que pedía por él.
Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una
tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga,
había sentido loco deseo de verla. Su dicha fue completa, pues la
halló sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la
retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro.
Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió en sus manos
inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fácil le
habría sido manchar.
¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posible
su casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le
permitía por su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el
consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.
La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una
sanción social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro
suegro de su hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de
forzar a la moral burguesa, a doblar las rodillas ante la misma
inconveniencia que despreció.
Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con
alusiones a "mi suegro"... "mi nueva familia"... "la cuñada de mi
hija". Nébel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con
más fuego.
Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de
octubre para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre
hizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de su
padre esa noche.
--Será difícil--dijo Nébel después de un mortificante silencio--. Le
cuesta mucho salir de noche... No sale nunca.
--¡Ah!--exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra
pausa siguió, pero ésta ya de presagio.
--Porque usted no hace un casamiento clandestino ¿verdad?
--¡Oh!--se sonrió difícilmente Nébel--. Mi padre tampoco lo cree.
--¿Y entonces?
Nuevo silencio cada vez más tempestuoso.
--¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?
--¡No, no señora!--exclamó al fin Nébel, impaciente--. Está en su modo
de ser... Hablaré de nuevo con él, si quiere.
--¿Yo, querer?--se sonrió la madre dilatando las narices--. Haga lo
que le parezca... ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.
Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre?
Éste sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el
hijo había emprendido las gestiones para prescindir de ella.
--Puedes hacer eso, mucho más, y todo lo que te dé la gana. ¡Pero mi
consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!
Después de tres días Nébel decidió aclarar de una vez ese estado de
cosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.
--Hablé con mi padre--comenzó Nébel--y me ha dicho que le será
completamente imposible asistir.
La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito
fulgor, se estiraban hacia las sienes.
--¡Ah! ¿Y por qué?
--No sé--repuso con voz sorda Nébel.
--Es decir... ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?
--No sé--repitió él con inconsciente obstinación.
--¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha
figurado?--añadió con voz ya alterada y los labios temblantes.--¿Quién
es él para darse ese tono?
Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su
familia.
--¡Qué es, no sé!--repuso con la voz precipitada a su vez--pero no
sólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.
--¿Qué? ¿qué se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado
para esto!
Nébel se levantó:
--Señora...
Pero ella se había levantado también.
--¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su
fortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia
irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Su
familia!... ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que saltar para
ir a dormir con su mujer, antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su
familia!... ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo
pase bien!

III

Nébel vivió cuatro días vagando en la más honda desesperación. ¿Oué
podía esperar después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer,
recibió una esquela:
"Octavio: Lidia está bastante enferma, y sólo su
presencia podría calmarla.
María S. de Arrizabalaga."

Era una treta, no tenía duda. Pero si su Lidia en verdad...
Fue esa noche y la madre lo recibió con una discreción que asombró a
Nébel, sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que
pide disculpa.
--Si quiere verla...
Nébel entró con la madre, y vió a su amor adorado en la cama, el
rostro con esa frescura sin polvos que dan únicamente los 14 años, y
el cuerpo recogido bajo las ropas que disimulaban notablemente su
plena juventud.
Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran algo:
no hacían sino mirarse y reir.
De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madre
surgió nítida: "se va para que en el transporte de mi amor
reconquistado, pierda la cabeza y el matrimonio sea así forzoso". Pero
en ese cuarto de hora de goce final que le ofrecían adelantado y
gratis a costa de un pagaré de casamiento, el muchacho, de 18 años,
sintió--como otra vez contra la pared--el placer sin la más leve
mancha, de un amor puro en toda su aureola de poético idilio.
Sólo Nébel pudo decir cuán grande fue su dicha recuperada en pos del
naufragio. El también olvidaba lo que fuera en la madre explosión de
calumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero
tenía la más fría decisión de apartar a la madre de su vida una vez
casados. El recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama de
que se había destendido una punta para él, encendía la promesa de una
voluptuosidad íntegra, a la que no había robado ni el más
pequeño diamante.
A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nébel halló el
zaguán oscuro. Después de largo rato, la sirvienta entreabrió
la vidriera:
--No están las señoras.
--¿Han salido?--preguntó extrañado.
--No, se van a Montevideo... Han ido al Salto a dormir abordo.
--¡Ah!--murmuró Nébel aterrado. Tenía una esperanza aún.
--¿El doctor? ¿Puedo hablar con él?
--No está, se ha ido al club después de comer...
Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y dejó caer los brazos
con mortal desaliento: ¡Se acabó todo! Su felicidad, su dicha
reconquistada un día antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentía
que esta vez no había redención posible. Los nervios de la madre
habían saltado a la loca, como teclas, y él no podía hacer ya
nada más.
Comenzaba a lloviznar. Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvil
bajo el farol, contempló con estúpida fijeza la casa rosada. Dió una
vuelta a la manzana, y tornó a detenerse bajo el farol. ¡Nunca, nunca!
Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fué a su casa y cargó el
revólver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrás había prometido a un
dibujante alemán que antes de suicidarse--Nébel era adolescente--iría a
verlo. Uníalo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad,
cimentada sobre largas charlas filosóficas.
A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba al pobre cuarto de
aquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita.
--¿Es ahora?--le preguntó el paternal amigo, estrechándole con fuerza
la mano.
--¡Pst! ¡De todos modos!...--repuso el muchacho, mirando a otro lado.
El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama de
amor.
--Vaya a su casa--concluyó--y si a las once no ha cambiado de idea,
vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo que
quiera. ¿Me lo jura?
--Se lo juro--contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón con
grandes ganas de llorar.
En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:

"Idolatrado Octavio: Mi desesperación no puede ser más
grande; pero mamá ha visto que si me casaba con usted,
me estaban reservados grandes dolores, he comprendido
como ella que lo mejor era separarnos y le jura no
olvidarlo nunca
Su
Lidia."

--¡Ah, tenía que ser así!--clamó el muchacho, viendo al mismo tiempo
con espanto su rostro demudado en el espejo.--¡La madre era quien
había inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no había
podido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo
su amor en la redacción. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día, decirle de
qué modo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada del alma!
Temblando fue hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó su
nueva promesa, y durante un rato permaneció inmóvil, limpiando
obstinadamente con la uña una mancha del tambor.


Otoño

Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tramway, cuando
el coche se detuvo un momento más del conveniente, y aquél, que leía,
volvió al fin la cabeza. Una mujer con lento y difícil paso avanzaba.
Tras una rápida ojeada a la incómoda persona, reanudó la lectura. La
dama se sentó a su lado, y al hacerlo miró atentamente a Nébel. Este,
aunque sentía de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre él,
prosiguió su lectura; pero al fin se cansó y levantó el rostro
extrañado.
--Ya me parecía que era usted--exclamó la dama--aunque dudaba aún...
No me recuerda, ¿no es cierto?
--Sí--repuso Nébel abriendo los ojos--la señora de Arrizabalaga...
Ella vio la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesana
que trata aún de parecer bien a un muchacho.
De ella, cuando Nébel la conoció once años atrás, sólo quedaban los
ojos, aunque más hundidos, y apagados ya. El cutis amarillo, con tonos
verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los
pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían
ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se
veía viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las
arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto, a la
elegante mujer que un día hojeó la Ilustration a su lado.
--Sí, estoy muy envejecida... y enferma; he tenido ya ataques a los
riñones... y usted--añadió mirándolo con ternura--¡siempre igual!
Verdad es que no tiene treinta años aún... Lidia también está igual.
Nébel levantó los ojos:
--¿Soltera?
--Sí... ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da ese
gusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?
--Con mucho gusto--murmuró Nébel.
--Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para... En fin, Boedo,
1483; departamento 14... Nuestra posición es tan mezquina...
--¡Oh!--protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.
Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplir
su promesa. Fué allá--un miserable departamento de arrabal.--La señora
de Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.
--¡Conque once años!--observó de nuevo la madre.--¡Cómo pasa el
tiempo! ¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!
--Seguramente--sonrió Nébel, mirando a su rededor.
--¡Oh! ¡no estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su
casa... Siempre oigo hablar de sus cañaverales... ¿Es ese su único
establecimiento?
--Sí,... en Entre Ríos también...
--¡Qué feliz! Si pudiera uno... Siempre deseando ir a pasar unos
meses en el campo, y siempre con el deseo!
Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este con el corazón
apretado, revivía nítidas las impresiones enterradas once años en
su alma.
--Y todo esto por falta de relaciones... ¡Es tan difícil tener un amigo
en esas condiciones!
El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró.
Estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor y una
frescura de los catorce años, no se vuelve a hallar más en la mujer de
veintiséis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en la mansa
tranquilidad de su mirada, en su cuello mórbido, y en todo lo
indefinible que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debía
guardar velado para siempre, el recuerdo de la Lidia que conoció.
Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de personas
maduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre reanudó:
--Sí, está un poco débil... Y cuando pienso que en el campo se
repondría en seguida... Vea, Octavio: ¿me permite ser franca con
usted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo... ¿No podríamos pasar
una temporada en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!
--Soy casado--repuso Nébel.
La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su
decepción fué sincera; pero en seguida cruzó sus manos cómicas:
--¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, ya
sabe!... No sé lo que digo... ¿Y su señora vive con usted en
el ingenio?
--Sí, generalmente... Ahora está en Europa.
--¡Qué desgracia! Es decir... ¡Octavio!--añadió abriendo los brazos con
lágrimas en los ojos:--a usted le puedo contar, usted ha sido casi mi
hijo... ¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere que
vaya con Lidia? Voy a tener con usted una confesión de madre--concluyó
con una pastosa sonrisa y bajando la voz:--usted conoce bien el
corazón de Lidia, ¿no es cierto?
Esperó respuesta, pero Nébel permaneció callado.
--¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar
cuando ha querido?
Ahora había reforzado su insinuación con una leve guiñada. Nébel
valoró entonces de golpe el abismo en que pudo haber caído antes. Era
siempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja,
la morfina y la pobreza. Y Lidia... Al verla otra vez había sentido
un brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta llena y ya
estremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecían, se echó en
brazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino.
--¿No sabes, Lidia?--prorrumpió alborozada, al volver su hija--Octavio
nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Qué
te parece?
Lidia tuvo una fugitiva contracción de las cejas y recuperó su
serenidad.
--Muy bien, mamá...
--¡Ah! ¿no sabes lo qué dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos casi
de su familia...
Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento con
dolorosa gravedad.
--¿Hace tiempo?--murmuró.
--Cuatro años--repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó ánimo
para mirarla.

Invierno

No hicieron el viaje juntos, por un último escrúpulo de Nébel en una
línea donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron en
el brec de la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, no
guardaba a su servicio doméstico más que a una vieja india, pues--a
más de su propia frugalidad--su mujer se llevaba consigo toda la
servidumbre. De este modo presentó sus acompañantes a la fiel nativa
como una tía anciana y su hija, que venían a recobrar la
salud perdida.
Nada más creíble, por otro lado, pues la señora decaía
vertiginosamente. Había llegado deshecha, el pie incierto y
pesadísimo, y en su facies angustiosa la morfina, que había
sacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nébel, pedía a gritos una
corrida por dentro de aquel cadáver viviente.
Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabía lo
suficiente para prever una rápida catástrofe; el riñón, íntimamente
atacado, tenía a veces paros peligrosos que la morfina no hacía sino
precipitar.
Ya en el coche, no pudiendo resistir más, había mirado a Nébel con
transida angustia:
--Si me permite, Octavio... ¡no puedo más! Lidia, ponte delante.
La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó el
crujido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo.
Súbitamente los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrió
como una máscara aquella cara agónica.
--Ahora estoy bien... ¡qué dicha! Me siento bien.
--Debería dejar eso--dijo rudamente Nébel, mirándola de costado.--Al
llegar, estará peor.
--¡Oh, no! Antes morir aquí mismo.
Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera
posible sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Pero
al caer la tarde, y como las fieras que empiezan a esa hora a afilar
las uñas, el celo de varón comenzó a relajarle la cintura en lasos
escalofríos.
Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de
una vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche.
--¡Huy! ¡qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que sacrifique
los últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta?
Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas palabras, y sólo al
fin del café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajó
la suya en seguida.
Cuatro horas después Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto de
Lidia.
--¡Quién es!--sonó de pronto la voz azorada.
--Soy yo--murmuró Nébel en voz apenas sensible.
Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta
bruscamente en la cama, siguió a sus palabras, y el silencio reinó de
nuevo. Pero cuando la mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazo
tibio, el cuerpo tembló entonces en una honda sacudida.

* * * * *

Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya había conocido el amor
antes que él llegara, subió de lo más recóndito del alma de Nébel, el
santo orgullo de su adolescencia de no haber tocado jamás, de no haber
robado ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con radiante
candor. Pensó en las palabras de Dostoievsky, que hasta ese momento no
había comprendido: "Nada hay más bello y que fortalezca más en la
vida, que un puro recuerdo". Nébel lo había guardado, ese recuerdo sin
mancha, pureza inmaculada de sus dieciocho años, y que ahora estaba
allí, enfangado hasta el cáliz sobre una cama de sirvienta...
Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesadas, silenciosas.
Ella a su vez recordaría... Y las lágrimas de Lidia continuaban una
tras otra, regando como una tumba el abominable fin de su único sueño
de felicidad.

II

Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba casi
todo el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muy
pocas veces solos, y aunque de noche volvían a verse, pasaban aún
entonces largo tiempo callados.
Lidia tenía ella misma bastante qué hacer cuidando a su madre,
postrada al fin. Como no había posibilidad de reconstruir lo ya
podrido, y aún a trueque del peligro inmediato que ocasionara, Nébel
pensó en suprimir la morfina. Pero se abstuvo una mañana que entró
bruscamente en el comedor, al sorprender a Lidia que se bajaba
precipitadamente las faldas. Tenía en la mano la jeringuilla, y fijó
en Nébel su mirada espantada.
--¿Hace mucho tiempo que usas eso?--le preguntó él al fin.
--Sí--murmuró Lidia, doblando en una convulsión la aguja.
Nébel la miró aún y se encogió de hombros.
Si embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una frecuencia
terrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina concluía
de matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquella
desgraciada, sustrayéndole la droga.
--¡Octavio! ¡me va a matar!--clamó ella con ronca súplica.--¡Mi hijo
Octavio! ¡no podría vivir un día!
--¡Es que no vivirá dos horas si le dejo eso!--cortó Nébel.
--¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!
Nébel dejó que los brazos se tendieran inútilmente a él, y salió con
Lidia.
--¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?
--Sí... Los médicos me habían dicho...
El la miró fijamente.
--Es que está mucho peor de lo que imaginas.
Lidia se puso lívida, y mirando afuera entrecerró los ojos y se mordió
los labios en un casi sollozo.
--¿No hay médico aquí?--murmuró.
--Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.
Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébel
abrió una carta.
--¿Noticias?--preguntó Lidia levantando inquieta los ojos a él.
--Sí--repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.
--¿Del médico?--volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.
--No, de mi mujer--repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos.
A las diez de la noche Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.
--¡Octavio! ¡Mamá se muere!...
Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya
el rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por
entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:
--Pla... pla... pla...
Nébel vio en seguida sobre el velador el frasco de morfina, casi
vacío.
--¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto?--preguntó.
--¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido... Seguramente lo fue a
buscar a tu cuarto cuando no estabas... ¡Mamá, pobre mamá!--cayó
sollozando sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.
Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al rato
los labios callaron su pla... pla, y en la piel aparecieron grandes
manchas violeta.
A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperó
que Lidia concluyera de vestirse, mientras los peones cargaban las
valijas en el carruaje.
--Toma esto--le dijo cuando se aproximó a él, tendiéndole un cheque de
diez mil pesos.
Lidia se estremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron
de lleno en los de Nébel. Pero éste sostuvo la mirada.
--¡Toma, pues!--repitió sorprendido.
Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel se inclinó sobre
ella.
--Perdóname--le dijo.--No me juzgues peor de lo que soy.
En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla
del vagón, pues el tren no salía aún. Cuando la campana sonó, Lidia le
tendió la mano y se dispuso a subir. Nébel la oprimió, y quedó un
largo rato sin soltarla, mirándola. Luego, avanzando, recogió a Lidia
de la cintura y la besó hondamente en la boca.
El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla que
se perdía.
Pero Lidia no se asomó.

lunes, 19 de marzo de 2012

Hector Hugh Munro, (Saki), "La penitencia."

Octavian Ruttle era uno de los individuos vivaces y alegres en quienes la amabilidad ha puesto su sello inconfundible, y como la mayoría de gente de su clase, la paz de su alma dependía en gran medida de la aprobación de sus semejantes. Un día persiguió a un pequeño gatito atigrado al que le había dado caza, era algo terrible que a el mismo le resultaba difícil de aprobar, y se sintió alegrado cuando el jardinero había enterrado el cuerpo en una tumba cavada apresuradamente, bajo la sombra de un solitario roble en el prado. El mismo árbol al que el objeto de la cacería trepara desesperadamente en un último intento por salvar la vida.

Había sido un acto de mal gusto y aparentemente cruel, pero las circunstancias habían exigido que se hiciera. Octavian criaba pollos, por lo menos intentaba criar algunos, por que varios de ellos desaparecían dejando como único testimonio de su existencia, unas cuantas plumas manchadas de sangre, lo que indicaba la forma de su desaparición. Los empleados habían sido testigos de varias visitas furtivas a los gallineros, de un gato atigrado de la gran mansión de color gris que se encontraba a espaldas del prado, y después de las debidas negociaciones, con las autoridades de la mansión gris, una sentencia de muerte había sido acordada. “A los niños no les gustaría, pero no tienen por qué enterarse”. Estas habían sido las últimas palabras sobre el asunto.

Los niños en cuestión eran un completo enigma para Octavian, el creía que en el curso de unos meses, él ya sabría sus nombre, edades, las fechas de sus cumpleaños y que seguramente le habrían mostrado ya sus juguetes favoritos. Sin embargo divulgaban tan poca información sobre ellos o sus sentimientos, como aquel solemne gran muro blanco que los separaba en la pradera.

Una gran muro sobre el cual a veces sus tres cabezas aparecían inesperadamente. Sus padres estaban en la India; Era todo lo que había logrado averiguar con los vecinos, Mas allá del dato revelado por su vestimenta que indicaba que estaban divididos por sexo. Una niña y dos varones, los niños no le habían dejado saber nada más sobre su vida. Y ahora parecía que estaba involucrado en algo que les afectaba de cerca, pero que había que ocultarles.

Los pobres pollos indefensos se había ido uno por uno a su destino fatal, por lo que era justo que su verdugo deba sufrir de un final violento, sin embargo Octavian se sintió intranquilo tras participar en ese acto de violencia. El pequeño gato, ahuyentado de sus acostumbradas rutas de escape, había corrido de refugio en refugio, y su final ha sido bastante lamentable. Octavian caminaba por la hierba de la pradera con un paso menos alegre que de costumbre. Y al pasar bajo la sombra del gran muro blanco, levantó la vista y se dio cuenta de que su casería había tenido testigos indeseados.

Tres rostros blancos enojados lo miraban desde lo alto, y si alguna vez un artista quería un modelo triple del más gélido odio humano, impotente pero implacable, furioso pero enmascarado en la quietud, lo habría encontrado en las tres miradas, con las que se cruzaron los ojos de Octavian.

”Lo siento, pero no había más remedio”, dijo Octavian, con voz de genuina disculpa.

”Bestia!”

Fue la respuesta que vino de las tres gargantas con sorprendente intensidad.

Octavian sintió que el solemne muro blanco no sería más impenetrable a sus explicaciones que la mole de hostilidad humana que lo miraba desde su borde superior, por lo que decidió inteligentemente reservar sus disculpas para una ocasión más propicia.

Dos días después Octavian registro minuciosamente la mejor confitería del pueblo más cercano, en busca de una caja de chocolates que por su tamaño y contenido resultara una buena compensación, por el horrible hecho sucedido bajo el roble del prado. Rechazo inmediatamente las dos primeras cajas que le fueron mostradas, una tenía un grupo de pollitos pintados en la tapa, y la otra llevaba el retrato de un gato atigrado. La tercera caja era más sencilla, adornada con un ramo de amapolas, y Octavian acogió las flores del olvido como un feliz presagio. Se sintió aliviado cuando el imponente paquete había sido enviado a la mansión gris, y tras recibir mensaje de que había sido debidamente dado a los niños.

A la mañana siguiente caminaba despacio pero con paso firme a lo largo del gran muro blanco. Camino hacia los gallineros y las pocilgas que estaban en el extremo del prado. Los tres niños estaban encaramados en su acostumbrado puesto de observación, y su mirada no parecía haber cambiado tras la presencia de Octavian.

Este al tiempo que llegaba a una deprimente convicción acerca de lo indiferente de sus miradas, comenzó a advertir un extraño jaspeado en la hierba a sus pies, era un área considerable de pasto que mostraba manchas y salpicaduras de un granizo color de chocolate, alegrado aquí y allá por envolturas de papel aluminio de vivos colores o la reluciente malva de las violetas azucaradas. Era como si el paraíso de los cuentos de hadas de un niño goloso hubiera tomado forma y cuerpo en la vegetación del prado. Este era el precio que Octavian pagara por la sangre derramada que le había sido devuelto con desprecio.

Para aumentar su desconcierto el curso de los acontecimientos tendía a exonerar de culpas por los estragos causados a los pollitos, al reo que ya había pagado con su vida. Los pollitos jóvenes seguían desapareciendo, y parecía muy probable que el gato atigrado solo acechaba los gallineros para hacer presa de las ratas que encontraban cobijo en ellos.

Merced a los desbordantes canales de la conversación de los sirvientes, los niños se enteraron tardíamente de la pena impuesta al gato, y un día Octavian encontró una hoja de cuaderno en la que estaba escrito trabajosamente. ”Bestia, las ratas se comieron tus pollitos”.

Con más ardor que nunca deseo una oportunidad para expiar sus culpas, y ganarse un apodo más feliz que aquel que había recibido de sus tres jueces.

Y un día tuvo la inspiración, Olivia su hija de dos años de edad, era la clave, su hija estaba acostumbrada a pasar la hora del mediodía hasta la una con su padre, mientras la niñera engullía y digería su almuerzo junto con la lectura de una novela romántica. A esa misma hora aquel solemne muro blanco, solía adornarse con las tres pequeñas figuras de los niños. Que pasaban el tiempo, vigilantes aparentemente sin ningún propósito en mente.

Octavian, con aparente descuido de ello, trajo a Olivia y habiéndola colocado en un punto que quedara perfectamente visible por sus observadores. Comenzó a notar un creciente interés que nacía en ese grupo tan cerrilmente hostil hasta entonces.

Su pequeña Olivia, con sus maneras placidas y somnolientas, habría de triunfar donde él, con sus aproximaciones nerviosas y bien intencionadas, había fracasado rotundamente. Él le trajo una gran dalia amarilla, que Olivia agarró con fuerza en una mano y miró con una mirada de aburrimiento de beneficencia, como la que suele darse a la danza clásica interpretada por aficionados. En beneficio de una organización de caridad que merece la ayuda.

Luego se volvió tímidamente hacia el grupo encaramado en la pared y le preguntó con fingida indiferencia, “¿Les gustan las flores?”. Las tres cabezas asintieron solemnemente como recompensa a su iniciativa.

“¿Cuáles les gustan más?”

-preguntó, esta vez con una voz que lo traicionaba y mostraba su ansiedad.

“Las que tienen todos los colores, por ahí.” Tres brazos regordetes apuntaban a una maraña de guisantes de olor. Como suelen hacer los niños, habían pedido lo que estaba más lejos de la mano, pero Octavian trotando alegremente se dirigió a obedecer a sus instancias de bienvenida. Tiró y tiró con implacable mano, arrancando todas las variedades de color que podía ver convirtiéndose no en un manojo si no en una brazada de flores. Luego giro para volver sobre sus pasos y encontró el muro más inexpresivo y solitario que nunca, mientras que en el primer plano todo rastro de Olivia había desparecido. Allá a lo lejos en el prado tres niños estaban empujando un carrito a la mayor velocidad posible. En dirección a las pocilgas de los cerdos, era el coche de Olivia, y Olivia estaba sentada en él. Se veía como se golpeaba un poco y se sacudía al ritmo en que era empujada, pero parecía mantener la calma acostumbrada.

Octavian contemplo por unos momentos al grupo que se movía velozmente y después se echó a correr en pos de ellos a todo lo que daban sus piernas, derramando a su paso una lluvia de flores de la masa de guisantes que aun tenia aferradas en sus manos. Aunque corrió muy rápido, los niños habían llegado a la pocilga antes de que lograra alcanzarlos, pero llego a tiempo para ver a Olivia, curiosa, sin protestar, pese a los tirones y empujones que reciba para subirla al techo de la pocilga mas cercana.

Eran edificios antiguos necesitados de alguna reparación, y el techo desvencijado, ciertamente no podría soportar el peso de Octavian si hubiera tratado de seguir a su hija y sus captores hasta una nueva posición más ventajosa.

“¿Qué van a hacer con ella?” jadeó. No había equivocación posible sobre la firme decisión de llevar a cabo una trastada que denotaban esos jóvenes rostros congestionados, pero que mostraban una severa serenidad.

“Colgarla con cadenas arriba de un fuego lento”, dijo uno de los chicos. Era evidente que había estado leyendo la historia inglesa.

“Tirarla allá abajo para que los cerdos se la coman todita, menos las palmas de las manos”, dijo el otro chico. También era evidente que habían estudiado la historia bíblica.

La última propuesta fue la que más alarmó a Octavian, ya que podría ejecutarse de inmediato, recordó casos de cerdos que habían devorado bebes.

“Ustedes seguramente no podrán tratar a mi pobre Olivia de esa manera?” – suplico

“Tú mataste a nuestro pobre gatito”, se produjo en severo recordatorio proveniente de las tres gargantas.

“Lamento mucho haberlo hecho”, dijo Octavian, y si hay una escala para medir las verdades, la afirmación de Octavian era sin duda un gran nueve.

“Nosotros también vamos a lamentarlo mucho, cuando matemos a Olivia, pero no podemos lamentarnos hasta que no lo hayamos hecho”, dijo la niña.

La inexorable lógica infantil se levantó como una muralla inquebrantable ante los ruegos de Octavian. Antes de que pudiera pensar en una nueva suplica, sus energías fueron requeridas en otra dirección. Olivia se había deslizado desde el techo y cayó suavemente en un cenagal de lodo y paja en descomposición. Octavian escalo apresuradamente por encima del muro de la pocilga a su rescate, y una vez se dentro se encontró con un lodazal que envolvió a sus pies.

Olivia, después de la primera sensación de sorpresa tras la caída, se había sentido medianamente a gusto de encontrarse en contacto con el pegajoso elemento que estaba a su alrededor, pero cuando ella comenzó a hundirse lentamente en el lodo se sintió súbitamente angustiada y poco feliz, y se echó a llorar. Cómo cuando un niño quiere atención.

Octavian, luchaba contra el lodo, que parecía haber aprendido el arte de apresar, parecía que no cedía ni una pulgada que lo dejara avanzar, Octavian vio a su hija desaparecer por el lodo que la chupaba lentamente.

Con la cara distorsionada ante la desesperación, lloriqueaba mientras miraba que desde el techo de la pocilga los tres niños miraban hacia abajo con una mirada fría e indiferente, tan despiadada como la de las hermanas Parcas.

“No puedo llegare a ella a tiempo”, exclamó Octavian, “Se ahogara en el fango. ¿Acaso no la van a ayudar?”

“Nadie ayudó a nuestro gato”, fue el recordatorio de lo inevitable.

“Haré cualquier cosa para demostrarles cuánto lo siento”, exclamó Octavian, con un desesperado paso, que le llevó apenas dos pulgadas hacia delante.

“ Te Pondrás junto a la del tumba del gato, vestido con una sábana blanca “

“Sí”, gritó Octavian.

“con una vela en la mano”

“Y diciendo soy una bestia repugnante”

Octavian dijo que si a ambas sugerencias.

“Durante mucho tiempo, mucho tiempo”

“Durante media hora”, dijo Octavian. Esto último no era precisamente un grito de ansiedad, porque Octavian sabia del precedente de un rey alemán que hizo al aire libre penitencia por varios días y noches en época de Navidad vestido sólo con su camisa? Afortunadamente los niños no parecen haber leído la historia de Alemania, y media hora les pareció mucho tiempo.

“Muy bien”, llegó la triple aceptación desde la azotea, y un momento después una pequeña escalera de mano le fue entregada, Octavian la apoyo contra el pequeño muro de la pocilga trepo sobre el rodeando el lodazal para colocar nuevamente la escalera en el lodo, deslizándose cuidadosamente a lo largo de sus peldaños, así pudo acortar la distancia que lo separaba de su hija, la visón era como el extracto de un naufragio. Después Octavian saco poco a poco a Olivia como un corcho que se reúsa a salir. Unos minutos más tarde estaba escuchando el testimonio de la niñera, que en sus experiencias previas, ante espectáculos mugrientos, se había desarrollado en escalas notablemente menores.

Esa misma noche, cuando el crepúsculo se profundizaba en la oscuridad Octavian tomó posesión de su cargo como penitente bajo el roble solitario, después de haber cubierto cuidadosamente su cuerpo desnudo. Estaba vestido con una camisa de céfiro, que en esta ocasión bien merecía su nombre. En una mano tenia la vela encendida y en la otra un reloj, en el cual parecía haber transmigrado el alma de un fontanero difunto. Una caja de cerillas yacía a sus pies a la cual recurría en frecuentes ocasiones, cuando la vela sucumbía ante la brisa de la noche. La mansión se alzaba inescrutable en la mediana distancia, pero Octavian estaba seguro de que tres pares de ojos solemnes le contemplaban. Por lo que cumplió su penitencia gritando “soy una bestia repugnante”

Ya a la mañana siguiente sus ojos se alegraron al encontrar una hoja de cuaderno, tirada junto al gran muro blanco, La hoja tenia escrito. YA NO BESTIA.

martes, 13 de marzo de 2012

Ray Bradbury, "Fuego brillante" , fragmento, (1993)




“Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero Jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro [Fahrenheit 451]. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosene o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?

No todo está perdido, por supuesto.  Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y aprender así por ósmosis, entonces las cifras de drogados, bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero Jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página.”

Fragmento tomado de "Fuego brillante", Postfacio de Ray Bradbury, febrero de 1993, en Fahrenheit 451, Buenos Aires, Minotauro, 2011, p. 179 y 180.

Silvina Ocampo, "El vestido de terciopelo."


Sudando, secándonos la frente con pañuelos, que humedecimos en la fuente de la Recoleta, llegamos a esa casa, con jardín, de la calle Ayacucho. ¡Qué risa!


Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quería salir, pues mi vestido estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el timbre, nos abrieron la puerta y entramos. Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es modista. Vivimos en Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos que ir al barrio norte, que queda tan a trasmano. De inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la sirvienta para tomar la aspirina que llevaba en el monedero. La aspirina cayó al suelo con vaso y monedero. ¡Qué risa!


Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sirvienta, que nos hizo pasar al dormitorio de la señora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El dormitorio era todo rojo, con cortinajes blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un siglo esperamos que la señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárgaras y discutir con voces diferentes. Entró su perfume y después de unos instantes, ella con otro perfume. Quejándose, nos saludó:


–¡Qué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no hay hollín, por lo menos. Habrá perros rabiosos y quema de basuras... Miren la colcha de mi cama. ¿Ustedes creen que es gris? No. Es blanca. Un campo de nieve –me tomó del mentón y agregó–: No te preocupan estas cosas. ¡Qué edad feliz! Ocho años tienes, ¿verdad? –y dirigiéndose a Casilda, agregó–: ¿Por qué no le coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la edad de nuestros hijos depende nuestra juventud.


Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá. ¡Qué risa!


–Señora, ¿quiere probarse? –dijo Casilda, abriendo el paquete que estaba prendido con alfileres. Me ordenó: –Alcanza de mi cartera los alfileres.


–¡Probarse! ¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería! Me cansa tanto.


La señora se desvistió y Casilda trató de ponerle el vestido de terciopelo.


–¿Para cuándo el viaje, señora? –le dijo para distraerla.


La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detenía en el cuello. ¡Qué risa!


–El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de talco.


–Sáquemelo, que me asfixio –exclamó la señora.


Casilda le quitó el vestido y la señora se sentó sobre el sillón, a punto de desvanecerse.


–¿Para cuándo será el viaje, señora? –volvió a preguntar Casilda para distraerla.


–Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere. El vestido tendrá que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco, limpio y brillante.


–Se va a París, ¿no?


–Iré también a Italia.


–¿Vuelve a probarse el vestido, señora? En seguida terminamos.


La señora asintió dando un suspiro.


–Levante los dos brazos para que pasemos primero las dos mangas –dijo Casilda, tomando el vestido y poniéndoselo de nuevo.


Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las caderas de la señora. Yo la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido. Durante unos instantes la señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para mirarse en el espejo. ¡El vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas negras brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda se arrodilló, mirándola en el espejo, y le redondeó el ruedo de la falda. Luego se puso de pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces de la bata, en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era áspero cuando pasaba la mano para un lado y suave cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa hacía rechinar mis dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y yo los recogía religiosamente uno por uno. ¡Qué risa!


–¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires –dijo Casilda, dejando caer un alfiler que tenía entre sus dientes–-. ¿No le agrada, señora?


–Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores: uno tiene sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.


–¿Le gusta el nardo? Es tan triste –protestó Casilda.


–El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su olor me descompongo. El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de hilo en la infancia y, sin embargo, para mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su suavidad en mi mano me atrae aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas; todo estaría de más. El terciopelo se basta a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio.


Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón también. Casilda tomó un diario que estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le echara aire, porque el aire le hacía mal. ¡Qué risa!


En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutas, helados, tal vez? El silbato del afilador y el tilín del barquillero recorrían también la calle. No corrí a la ventana, para curiosear, como otras veces. No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un dragón de lentejuelas. La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo tambaleando. El dragón de lentejuelas también tambaleó. El vestido ya no tenía casi ningún defecto, sólo un imperceptible frunce debajo de los dos brazos. Casilda volvió a tomar los alfileres para colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de género sobrenatural, que sobraban.


–Cuando seas grande –me dijo la señora– te gustará llevar un vestido de terciopelo, ¿no es cierto?


–Sí –respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos enguantadas. ¡Qué risa!


–Ahora me quitaré el vestido –dijo la señora.


Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos. Forcejeó inútilmente durante algunos segundos, hasta que volvió a acomodarle el vestido.


–Tendré que dormir con él –dijo la señora, frente al espejo, mirando su rostro pálido y el dragón que temblaba sobre los latidos de su corazón–. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa –llevó la mano a la frente–. Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacerse vestidos de telas inmateriales como el aire, la luz o el agua.


–Yo le aconsejé la seda natural –protestó Casilda.


La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre su cuerpo hasta que el dragón quedó inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo melancólicamente:


–Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto! ¡Qué risa!

Jorge Luis Borges, "Emma Zunz."



El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguánuna carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue asucuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampi-dos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado («He vengado a mi padre y no me podrán castigar...»), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

lunes, 12 de marzo de 2012

Neil Gaiman, "No le preguntes a Jack."





Nadie sabía de dónde había salido aquel juguete, ni quién sería el bisabuelo o la tía lejana que había jugado con él por primera vez, antes de pasar a formar parte del paisaje del cuarto de juegos.

Era una caja de madera, tallada con adornos dorados y rojos. Sin duda, era muy bonita, o eso decían los mayores, y bastante valiosa –incluso podría considerarse una pieza de anticuario-. Por desgracia, la cerradura estaba oxidada y atascada, y la llave se había perdido hacía tiempo, de modo que Jack, el bufón, había quedado atrapado dentro. Aún así, la caja sorpresa llamaba la atención, con sus vistosos adornos tallados en rojo y oro.

Los niños no solían jugar con ella. Estaba guardada en el fondo del inmenso baúl de madera donde se guardaban los juguetes, que era tan grande y antiguo como un cofre pirata –o al menos, eso pensaban los niños-.
La caja sorpresa estaba enterrada bajo un montón de muñecas, trenes, payasos, estrellas de papel, viejos juegos de magia y mutiladas marionetas cuyos hilos eran ya imposibles de desenredar, disfraces (un harapiento vestido de novia del tiempo Maricastaña por aquí, un raído sombrero de copa por allá), bisutería de juguete, aros rotos, peonzas y caballitos de cartón. Debajo de todos aquellos viejos juguetes estaba la caja de Jack.

Los niños no solían jugar con ella. Murmuraban entre ellos, a solas, en el cuarto de juegos situado en el ático. En los días grises, cuando el viento aullaba en torno a la casa y la lluvia repiqueteaba sobre el tejado de pizarra y se deslizaba por los aleros, se contaban unos a otros historias sobre Jack, aunque en realidad no lo habían visto nunca. Uno afirmaba que Jack era un malvado brujo y que había sido encerrado en aquella caja como castigo por sus espantosos crímenes; otro (con toda seguridad, una de las niñas) aseguraba que la caja en la que estaba encerrado Jack era la Caja de Pandora, y que la habían colocado allí para vigilar, para evitar que todos los males que contenía volvieran a salir de ella. Preferían no tocar siquiera la caja, si podían evitarlo, aunque si algún adulto reparaba en la ausencia de la vieja caja sorpresa –y de vez en cuando sucedía-, y la sacaba del baúl para colocarla en la repisa de la chimenea, los niños se armaban de valor, la cogían y volvían a depositarla en el fondo del baúl.

Los niños no solían jugar con la caja de sorpresa. Y cuando se hicieron mayores y abandonaron la vieja casa, el cuarto de juegos quedó cerrado y prácticamente olvidado.

Prácticamente, pero no del todo. Pues todos los niños, cada uno por separado, recordaban haber subido al cuarto de juegos alguna noche, a la luz de la luna, con los pies descalzos. Era casi como andar sonámbulo, subiendo sigilosamente por las escaleras y avanzando por la raída alfombra del cuarto de juegos. Recordaban cómo habían abierto el baúl, rebuscado por entre las muñecas y los disfraces para, finalmente, sacar la caja sorpresa.


Entonces, el niño tocaba la cerradura y la tapa se abría lentamente y la música empezaba a sonar, y Jack salía de su caja. No saltaba ni se balanceaba como suele pasar con los muñecos de las cajas sorpresa. Salía de la caja despacio y se quedaba mirando fijamente al niño, haciéndole señas para que se acercara un poco más y, entonces, sonreía.

Y allí, a la luz de la luna, le contaba al niño cosas que después era incapaz de recordar con claridad, pero que tampoco conseguía olvidar del todo.

El mayor de los niños murió en la Primera Guerra Mundial. El más joven heredó, la casa cuando fallecieron sus padres, aunque le desposeyeron de ella tras sorprenderle en el sótano con un bidón de queroseno, trapos y cerillas, dispuesto a prenderle fuego. Se lo llevaron al manicomio y es posible que aún siga allí encerrado.

Las niñas, convertidas en mujeres, no quisieron regresar a la casa en la que se habían criado; clavaron tablas de madera en las ventanas, cerraron todas las puertas con unas inmensas llaves de hierro. Las hermanas acabaron visitándola con la misma frecuencia con la que visitaban la tumba de su hermano mayor, o al pobre desgraciado que una vez fue su hermano pequeño, es decir nunca.

Han pasado ya muchos años y aquellas niñas son ya mujeres ancianas; búhos y murciélagos se han adueñado del antiguo cuarto de juegos, las ratas han anidado entre los viejos juguetes que quedaron allí olvidados. Las alimañas miran sin ver los desvaídos dibujos del empapelado, y ensucian la harapienta alfombra con sus excrementos.

Y en la caja que descansa en el fondo del baúl, Jack, con todos sus secretos, espera y sonríe. Espera a los niños. Y les esperará todo el tiempo que sea necesario.








Neil GAIMAN, “No le preguntes a Jack”, en El cementerio sin lápidas y otras historias negras, título original M Is for Magic, (2007), traducción de Mónica Faerna, Buenos A ires, 2010.




Ilustración de Lucas Varela.

lunes, 3 de octubre de 2011

Lucía Cará, Una rosa solitaria.

(En homenaje a William Faulkner)




Algunos días estoy sola y otros días, no. Vivo en Jefferson, en una gran casa junto con mi sirviente, que sale a veces a hacer las compras por la tarde y luego regresa. No sé mucho sobre él ni él sabe mucho sobre mí.
En fin, vivo tranquilamente sola en mi casa y nada me molesta en absoluto. De vez en cuando, aquellos vecinos llegan a interrumpir mi tranquila soledad para decirme que pague las rentas. Pero siempre me niego. Adoro hacerlos enfadar. ¡Qué audaces se creen por irrumpir en mi casa y arruinar mi silencio!
Ese hombre, ¿quién es? Homer Barron, capataz de la empresa pavimentadora. La verdad es que lo conocí una tarde que pasó cerca de una de las ventanas que da a la calle. Me saludó y quiso pasar. No me pregunté por qué accedí a su pedido en aquel momento ni podría respondérmelo ahora tampoco, pero sucedió así. Lo dejé entrar y mi sirviente nos sirvió dos tazas de té. Lo observaba fijamente. Algo en sus claros ojos me resultaba… no sé si sospechoso, y pude deducir que aquel hombre sencillo guardaba alguna intención inconfesable.
Pasamos la tarde juntos y, después de ese, día las salidas fueron diarias. Recuerdo que, un día, cuando se marchó de mi casa, se olvidó su chaleco en el perchero. Lo tomé y vi caer de un bolsillo algunas cartas. Había una que estaba abierta y la leí. El sobre no decía a quién iba dirigida ni quién la había escrito. Pero enseguida lo supe al leerla. Decía: “Estoy avanzando en la concreción de nuestro objetivo. Ya me acerqué a ella y cree que soy de confianza. Esta noche termino todo”.
¿Qué acababa de leer? ¿Qué significaba eso de “Esta noche termino todo”? no me importó nada. Rompí la carta y, luego, la arrojé al fuego, al igual que su chaleco. Un momento después, salí. Salí a “cumplir mi objetivo”. No sabía qué intentaba hacer Barron y no quería enterarme. A mi regreso, él estaba esperándome. Me observaba. Se acercó a mí y me propuso matrimonio. ¿Qué debía hacer? Solo seguí mi parte del plan. Acepté su proposición matrimonial y seguí el juego. Y nos dispusimos a cenar juntos como otras tantas noches. Mi sirviente preparó la comida y, antes de que pasáramos al salón comedor, fui a la cocina y le entregué el veneno a mi sirviente. Se limitó a asentir con todo el cuerpo. Luego sonrió levemente y me marché al comedor. Barron me esperaba sentado y le llevé la copa con algo más que vino. Brindamos y bebió.
Vi cómo soltó su copa y la dejó caer.
En el instante que cayó al suelo dije: “Ahora sí terminó todo.”